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Mar

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   Publicado por: Santiago Posteguillo   en General

“ Africanus, el hijo del cónsul „

africanusxlSinopsis

A finales del siglo III antes de Cristo, Roma se encontraba a punto de ser aniquilada por los ejércitos cartagineses al mando de Aníbal.

Ese era su inexorable destino hasta que surgió un solo hombre, un joven oficial de las legiones, que transformó lo que debía ocurrir en lo que finalmente fue: la génesis de un imperio y una civilización secular en el tiempo y en la historia del mundo.

Unas páginas de esta novela…

3. El hijo del senador

Roma, 235 a.C.

La representación acababa de empezar y todo marchaba bien. Hasta el momento ningún actor se había olvidado del texto y el público parecía seguir la historia con cierto interés. De cuando en cuando el murmullo de los que hablaban era excesivo y Tito tenía que moverse entre los espectadores pidiendo silencio para que los que deseaban escuchar pudieran hacerlo y, de súbito, llegó el desastre: desde fuera del recinto del teatro se empezó a escuchar música de flautas y los gritos de algún artista de calle anunciando la próxima actuación de un grupo de saltimbanquis y equilibristas y, lo peor de todo, un combate de gladiadores como colofón al espectáculo. Era frecuente que diferentes grupos callejeros se aproximaran al teatro para aprovechar la labor que la representación había conseguido con gran esfuerzo de toda la compañía de actores: congregar a un notable gentío. Parte del público, poco interesado en el transcurso de aquella tragedia, volcó su interés en los recién llegados saltimbanquis y fue saliendo del teatro. Los actores se esforzaron en declamar más alto elevando el tono de voz al máximo de su capacidad para intentar reavivar el interés de los que allí se habían reunido, pero todo esfuerzo resultaba inútil. Poco a poco se fue vaciando el recinto hasta que apenas quedó un tercio del aforo inicial. Tito estaba descorazonado y Rufo iracundo. Aunque los ediles habían pagado por anticipado la representación, si ésta no era de interés, se cuestionarían volver a contratar a la compañía.
En el exterior del recinto el grupo de artistas callejeros pegaba volteretas en el aire una tras a otra a un ritmo enfermizo; luego uno de ellos se tendió en el suelo y el resto saltaba dando una voltereta sobre aquel. Al fondo se podía observar a dos fornidos guerreros, sus musculosos brazos relucientes por el aceite con el que se habían untado, armados con espadas y escudos dispuestos a entrar en combate para satisfacción del gentío que empezaba a rodearlos.
En el teatro, Publio permanecía absorto en la representación de tal forma que el desplazamiento del público hacia el exterior del teatro le había pasado completamente desapercibido. Cneo, por el contrario, entre adormilado y aburrido, estaba considerando seriamente ausentarse junto con el resto de gente que ya lo había hecho. Un buen combate de gladiadores parecía, a todas luces, un entretenimiento mucho mayor que la pesada y lenta historia que se les estaba presentando sobre el escenario. Sin embargo, veía a su hermano tan absorbido por la representación que intentaba aún concentrarse para ver si podía él quedar igual de prendado por lo que los actores contaban. Pero no. Resultaba del todo imposible. Al cabo de unos minutos se decidió y se dirigió a su hermano.
—Publio, yo me voy, te espero fuera.
—¿Eh…? Bien, sí, bien. Nos vemos fuera. Cuando termine salgo —fue su respuesta, pero aún no se había dado Cneo la vuelta para marcharse cuando apareció entre ellos un esclavo de casa de los Escipiones.
—¡Amos, amos! ¡Ha llegado el momento! ¡Ha llegado el momento!
A esta interpelación Publio sí que reaccionó con rapidez dejando de lado la representación.
—¿Estás seguro? ¿Sabes bien lo que dices?
—Sí, mi amo. Sí. Vengan a casa. ¡Rápido!
Y el esclavo les dirigió a la salida. Velozmente sortearon al público superviviente de la representación. Luego en el exterior bordearon el tumulto que se había formado alrededor de los dos gladiadores que habían empezado su lucha. El ruido de las espadas sobresalía por encima del de los gritos de la gente. Publio aceleró la marcha.
—¡Vamos, vamos! ¡Hay que regresar a casa lo antes posible!
En el teatro Tito contemplaba desolado el recinto medio vacío y escuchaba a los actores declamando a gritos sus intervenciones para a hacerse oír por encima de la algarabía que llegaba de fuera. Una tarde de teatro en Roma. Tito sintió que aquel no podía ni debía ser su mundo por mucho más tiempo. Había de dejar aquel barco antes de que se hundiera del todo. Nunca pensó que tuviera madera de héroe.

*****

Publio y Cneo llegaron a casa corriendo. Al irrumpir en el atrio les recibió el llanto de un niño. Una anciana esclava que ejercía de comadrona lo traía desnudo. Lo habían lavado. Era un varón. Ese podría ser el primogénito, el futuro pater familias del clan, siempre que su padre lo aceptase como tal. La anciana se arrodilló ante los recién llegados y a los pies de Publio, sobre el suelo de piedra, dejó el cuerpo del niño, desnudo, llorando. Su padre observó el bebé unos segundos. Este era el momento clave en el destino de aquel niño, pues su progenitor tenía por ley el derecho de aceptarlo o repudiarlo si consideraba que había presagios funestos, que había nacido en un día impuro o que tenía algún defecto. Publio Cornelio Escipión miró a su hijo en el suelo. El niño proseguía con su llanto. Cneo, respetuoso con la importante decisión que debía tomar su hermano, se había retirado unos pasos. En el centro del atrio, junto al impluvium que recogía el agua de lluvia, quedaron padre e hijo a solas. Publio se arrodilló, contempló de cerca al bebé y asintió con la cabeza. Cogió entonces al niño y lo levantó por encima de sus hombros.
—Que se prepare una mesa en honor de Hércules. Este es mi hijo, mi primogénito, que llevará mi mismo nombre: Publio Cornelio Escipión y que un día me sustituirá a mí como pater familias de esta casa.
La anciana comadrona y Cneo respiraron. Publio devolvió el niño a la esclava.
—Llévalo junto a su madre —y preguntó— ¿Está bien la madre?
—La madre está bien, descansando, dormida, pero bien. Dijo que deseaba verles en cuanto llegaran.
—Bien, bien. Que descanse unos minutos. Ahora me acercaré a verla.
La esclava se retiró y Cneo dejó escapar por fin sus emociones.
—¡Bueno, hermano mío! ¡Por todos los dioses, esto tendremos que celebrarlo por todo lo alto! Tendremos buen vino en esta casa y algo de comer, ¿no?
Aquella noche hubo un festín en la gran residencia de los Escipiones. Vinieron clientes y amigos de toda la ciudad. Se bebió y se comió hasta la medianoche. Y al terminar la velada, cuando se fueron todos los invitados y la casa quedó tranquila, Publio se sentó junto a su mujer. El recién nacido estaba acurrucado próximo a los senos de Pomponia. El senador se sintió feliz como no lo había sido nunca. La noche estaba tranquila, raramente sosegada para una noche en la bulliciosa Roma. En la calle, al abrigo de la oscuridad, tres hombres se acercaron a la puerta de la casa del senador. Uno llevaba un hacha afilada, otro una enorme maza y el tercero una escoba. Se acercaron hasta detenerse justo frente a la puerta. En el silencio de la madrugada Publio escuchó varios golpes fuertes en la puerta de entrada. Nadie de la casa salió a abrir. El senador permaneció impasible. Los tres esclavos, una vez cumplido el rito de sacudir la puerta con sus herramientas para así cortar, golpear y barrer cualquier mal que pudiera afectar al recién nacido, tal y como correspondía a los dioses Intercidona, Pilumnus y Deuerra, se alejaron y fueron a acostarse contentos. Hoy era un día feliz en casa de su amo.

“ Las legiones malditas „

legionesSinopsis

Publio Cornelio Escipión, quien luego sería conocido por el sobrenombre de Africanus, se vio obligado por el senador todopoderoso Quinto Fabio Máximo, detractor de la familia de los Escipiones desde tiempo atrás, a aceptar la demencial tarea de liderar las legiones V y VI que permanecían desde hacía tiempo olvidadas en Sicilia. Éstas eran unas legiones malditas que habían perdido el sentido del deber, la disciplina y toda esperanza de regreso a su patria. Con esta maniobra, Quinto Fabio Máximo creía abocar al último Escipión de la estirpe a una muerte segura. Lo que Fabio Máximo no podía prever es que el joven Escipión y sus legiones malditas estaban llamados a cambiar el curso de la historia.

Unas páginas de esta novela…

1. Los estandartes clavados en la tierra

Siete años antes de la batalla de Zama
Lilibeo, Sicilia
Agosto del 209 a.C.

Iba tambaleándose de un lado a otro. Por su gladio, una espada oxidada y sin filo, que sonaba al ser zarandeado por los vaivenes de su propietario y por una vieja malla sucia de cuero se adivinaba que aquel borracho era o había sido legionario de Roma. Sus ojos semicerrados buscaban con mirada turbia un punto donde aliviarse y descargar parte del líquido ingerido. Como un perro se detuvo junto a dos enormes postes de madera que se alzaban inermes ante él.
—Este es… un buen… sitio…
Dijo en voz alta, entrecortada y soltó una carcajada que resonó absurda entre las tiendas que rodeaban el lugar. Empezó a orinar, pero apenas había comenzado sintió que lo alzaban del suelo con una furia inusitada. Con su miembro al descubierto aún rezumando vino barato filtrado por su ser, fue arrojado a varios pasos de distancia. El hombre lanzó un grito de agonía mientras rodaba por el suelo. Cuando su cuerpo se detuvo, apoyó sus manos empapadas de orina sobre el polvo del suelo que se le pegó a la piel como un manto de miseria. Se alzó y vociferó con odio dirigiéndose a su atacante.
— ¡Por Cástor y Pólux y todos los dioses! ¿Estás loco? ¡Te voy a matar!
Su oponente no pareció impresionado. Se acercó despacio con la espada desenvainada, dispuesto a ensartarlo como a un jabalí al que fuera luego a asar a fuego lento sobre una hoguera de brasas incandescentes.
El legionario ebrio echó entonces mano de su arma. La sacó de su vaina y la blandió torpemente. Fue entonces cuando un instante de lucidez le ayudó a reconocer las faleras de bronce y los torques de oro que colgaban del cuello de Cayo Valerio, el primus pilus, el primer centurión de los triari, el oficial de mayor rango de la V legión de Roma desterrada en Sicilia, quien, espada en ristre, se abalanzaba sobre él con la mirada envenenada, asesina. ¿Pero qué había hecho para que aquel centurión la tomara así con él? El legionario levantó la espada para frenar el primer golpe que se cernía sobre sus maltrechos huesos pero fue insuficiente para detener el pulso firme de su superior. El arma cedió al empuje del centurión y saltó por los aires sin apenas desviar el golpe que certero asestó el maduro oficial sobre el hombro derecho del legionario.
Un grito de dolor rasgó el amanecer en el campamento de la V y la VI legión de Roma junto a Llilibeo el la costa oeste de Sicilia. Una multitud de legionarios salieron de sus tiendas para contemplar como el primus pilus escarmentaba a uno de los suyos con una saña fuera de lo común. Un centurión de menor rango se acercó a Cayo Valerio e intentó calmarlo.
—¡Es suficiente, Valerio! ¡Por Júpiter, vas a matarlo!
Valerio se revolvió como un felino.
—¡El muy insensato ha orinado sobre los estandartes de la legión!
Un silencio denso se apoderó de la muchedumbre de legionarios. El primus pilus estaba a punto de matar a uno de los suyos pero tenía razón: orinar sobre las insignias del ejército era un acto insólito y sacrílego.
—Estoy… borracho… y… aaggh… no sabía lo que hacía…
El legionario herido por Valerio gimoteaba e imploraba en el suelo, consciente a golpes y sangre de la terrible felonía que había perpretado. El primer centurión de la legión giró sobre sí mismo, lentamente, observando a todos los soldados que se habían arremolinado aquella mañana junto a los estandartes, en el centro del campamento. No había tribunos en aquel ejército desterrado, desarbolado, olvidado. Nadie más para imponer orden. En el rostro de los soldados el centurión comprendió que habían entendido la gravedad de la ofensa de su compañero. Nadie osaba interceder ya. Valerio se volvió de nuevo hacia su víctima y antes de que ningún otro oficial pudiera decir nada, ensartó de nuevo al borracho retorciendo su espada al sacarla, asegurándose de hacer el mayor destrozo posible. Un grito seco, ahogado culminó la operación. El legionario había sido juzgado, condenado y ejecutado. El cuerpo inerme quedó encogido sobre el polvoriento suelo de Sicilia. Los soldados, poco a poco, fueron dispersándose. Era la hora del desayuno. Las cornetas no se hacían sonar ya entre aquellas tropas, pero los estómagos de todos sabían adivinar el horario de cada escasa comida.
Cayo Valerio se quedó a solas junto al muerto, al lado de los estandartes. Él era el centurión que había ordenado clavar aquellos estandartes en aquel lugar. Parecía que sus astas de madera se hundieran en las entrañas de la tierra. Allí, varados en el destierro, llevaban las insignias más de siete años, desde la terrible derrota de Cannae. Sí, ese era el secreto de aquel destierro, la mancha que impregnaba las almas de todos los legionarios de aquellas dos legiones: eran los supervivientes de la derrota de Cannae. Demasiado humillante para Roma verlos vivos. Su pena fue el destierro. Un castigo dictado por Quinto Fabio Máximo, cinco veces cónsul de Roma, una vez dictador. Una sentencia refrendada por el Senado reunido en la Curia. Los tribunos supervivientes que los sacaron de la masacre de Cannae fueron perdonados. Patricios como el propio hijo de Fabio Máximo, o el joven Publio Cornelio Escipión, su amigo Cayo Lelio y otros tribunos que el senado perdonó, pero los legionarios y el resto de oficiales fueron condenados a un ostracismo permanente: “¡Hasta que Aníbal fuera derrotado!” Dicen que había sentenciado Fabio Máximo. Cayo Valerio se sentó junto a los estandartes. Estaba agotado. No del esfuerzo sino vencido en su ánimo. La indisciplina se apoderaba de todos sus hombres. Vino, mujeres traídas con dinero o la fuerza, saqueos en las poblaciones vecinas, hombres que no cuidaban las armas o las vendían por un trago de licor, legionarios sin uniforme, empalizadas troceadas para calentarse en invierno, guardias que no se cumplían. Apenas tenía un grupo de fieles que mantenía cierto orden dentro de aquel caos de deshonra y podredumbre. Y mucho peor era todo en la legión VI. Allí Marco Sergio y Publio Macieno, que ejercían como centuriones al mando, hacía tiempo que habían cedido a las presiones de sus subordinados y consentían el pillaje, los robos y las violaciones en toda la comarca. Más aún, ahora lideraban las salidas de saqueo y terror y por toda la región. Por su parte, Valerio se esforzaba por mantener un ápice de orden y dignidad en la V, pero aquello ya no eran dos legiones de Roma, sino salvajes abandonados, sin esperanza ni jefes, aguardando a que el tiempo pasara. La guerra se desarrollaba a su alrededor pero nadie los reclamaba para ningún frente. En Hispania combatía el joven Escipión, en Italia el hijo de Máximo luchaba contra el ejército de Aníbal, y lo mismo con el resto de tribunos perdonados; todos parecían tener su oportunidad de redimirse, pero ellos no. La V y la VI legión de Roma estaban condenadas a pudrirse hasta que todos les olvidaran. Rogaron en vano al cónsul Marcelo tras su conquista de Siracusa; creyeron ver en él a alguien que intercedería en su favor; y lo hizo: un general clemente que se apiadó de su lenta tortura, pero a quien Fabio Máximo denegó posibilidad alguna de perdón para aquellos soldados manchados de deshonra y cobardía, según dicen que había sentenciado el viejo senador. Desde entonces ningún otro general se había interesado por ellos. Roma ganaría o perdería aquella guerra, pero antes de recurrir a las legiones malditas la ciudad del Tíber había sacado de las cárceles a los reos de muerte o liberado y armado a los propios esclavos o a legionarios casi niños. Cualquier hombre por vil o inexperto que pudiera ser era mejor a los ojos de Roma que los legionarios de las legiones malditas. Cayo Valerio sintió que algo le cegaba los ojos. Una de las faleras brillaba y reflejaba en su rostro curtido la luz del sol. El veterano centurión sonrió con lástima. De su pecho colgaban las viejas condecoraciones testigo de su valentía contra los piratas de Iliria o los galos del norte. Allí parecían fuera de lugar. Sin embargo, él, tozudo, se esmeraba en sacarles brillo cada mañana. Hoy acababa de matar a uno de sus hombres que de borracho que estaba no sabía ni lo que hacía. Aquello no tenía sentido. ¿Por qué albergar esperanza alguna de redención?
Cayo Valerio, sentado sobre la seca tierra de Sicilia, carraspeó con profundidad sonora. Escupió en el suelo. Cerró los ojos. Un legionario, dubitativo, se acercó al centurión. El soldado llevaba un cuenco con el rancho. Valerio olisqueó en silencio. Percibió el olor intenso de la pasta de algarrobas que tenían para desayunar. Llevaban varios días con la misma comida cada mañana. Era alimento para bueyes, pero los suministros de Agrigento o Siracusa se retrasaban sine die. Sus cartas de reclamación estaban sin respuesta. Valerio abrió los ojos, tomó el cuenco que le acercó el legionario y con la cuchara de madera que venía con el tazón empezó a comer con disciplina. No tenía hambre, pero debía dar ejemplo.

“ La Traición de Roma „

traicionromaSinopsis

Con La traición de Roma se cierra la trilogía sobre Escipión y se nos muestra el ocaso de los diferentes personajes conocidos durante las dos novelas anteriores (tanto amigos como enemigos del Africano): Aníbal, Marco Porcio Catón y su aliado Graco, la esclava Netikerty, la prostituta Areté, el fiel Cayo Lelio, su familia, el dramaturgo Plauto. El ocaso de unos personajes en una Roma que resurge finalmente victoriosa pero que no duda en arrasar para ello incluso a sus héroes más destacados.

Unas páginas de esta novela…

Libro I


EL TRIUNFO DE ESCIPIÓN

Año 201 a.C.
(año 553 ab urbe condita, desde la fundación de Roma)
Pace terra marique parta, exercitu in naues imposito in
Siciliam Lilybaeum traiecit. inde magna parte militum
nauibus missa ipse per laetam pace non minus quam uictoria
Italiam effusis non urbibus modo ad habendos honores
sed agrestium etiam turba obsidente uias Romam peruenit
triumphoque omnium clarissimo urbem est inuectus.
[Una vez asegurada la paz por tierra y por mar,
[Escipión] embarcó las tropas y se trasladó a Lilibeo, en
Sicilia. Desde allí mandó en barco una gran parte de las
tropas y él llegó a Roma atravesando una Italia exultante
por la paz tanto como por la victoria: las ciudades se vaciaban
para rendirle honores, y los campesinos en masa flanqueaban
los caminos; entró en la ciudad en el desfile triunfal
más famoso de los celebrados.
Tito LIVIO, Ab urbe condita, libro XXX, 45

1
Memorias de Publio Cornelio Escipión,
Africanus (Libro I)
[He sido el hombre más poderoso del mundo pero también el más
traicionado.]

Hubo un momento en el que pensé que mi caída era imposible. El orgullo y los halagos con frecuencia nublan nuestra razón. Luego empecé a temer por mi familia. Entonces aún creía que si yo caía, mi caída arrastraría a toda Roma. Luego comprendí que mis enemigos me habían dejado solo. Al fin llegó la humillación más absoluta. Lo que ningún extranjero consiguió en el campo de batalla, lo alcanzaron desde la propia Roma mis enemigos en el Senado: ellos me derribaron, sólo ellos fueron capaces de abatirme para siempre. Sé que están contentos y sé que Roma me olvidará durante largo tiempo, ellos creen que para siempre, pero llegará un día, quizá no ahora, sino dentro de quinientos o mil años, llegará un día en que un general de Roma, en las lindes de nuestros dominios, sintiendo las tropas del enemigo avanzar sin freno arrasándolo todo a su paso, se acordará de mí y me eche de menos. Entonces me buscarán, entonces querrán mi consejo. Pero ya todo se habrá perdido y será demasiado tarde. Mi espíritu vagará entonces en el reino de los muertos y contemplaré la caída de Roma con la indiferencia del exiliado. Pero todo relato debe empezar con orden o de lo contrario no se entenderá nada y es crucial que se sepa lo que ocurrió tras la batalla de Zama, que se tenga conocimiento preciso de los acontecimientos que se sucedieron desde aquella victoria hasta el final de mis días.
Mi nombre es Publio Cornelio Escipión. He sido edil, dos veces cónsul, censor y princeps senatus de Roma. Siempre he servido a mi patria con orgullo y lealtad. Debo admitir que nunca pensé en escribir unas memorias. Creo que en mi vida ha habido sucesos sobresalientes, algunos de ellos referidos por poetas y que quedarán en los anales de la historia, pero las circunstancias actuales han llegado a tal extremo que he considerado necesario que yo mismo deje por escrito mis pensamientos sobre todo lo ocurrido en estos últimos años en Roma, un tiempo en el que nuestra ciudad ha pasado de ser un centro importante en Italia a convertirse en la capital de un inmenso imperio, un imperio al que yo no veo límites claros aún. Todo esto no habría sido posible sin mi contribución al Estado. Mis trabajos han sido notables, mi esfuerzo ímprobo, el precio que he pagado desolador. He perdido a mi padre y a mi tío, las dos personas que más me enseñaron en esta vida, en aras de una larguísima guerra a la que yo mismo puse fin. Y he sufrido en mi propia descendencia el pavor que provoca la guerra. Y, después, he terminado enfrentándome con todos los que me quieren y a todos he hecho daño. Esto, sin duda, es lo que más me duele.

Comentarios

“El autor sabe aprovechar la ventaja del novelista frente a la del historiador: la de mover su cámara de una escena a otra representando espectaculares batallas y vibrantes sesiones del senado unas veces, y cuadros de la vida cotidiana otras”

National Geographic

“Se trata de una admirable combinación de precisión histórica y ritmo narrativo que apasionará a los amantes de la novela histórica .”

Carlos García Gual

“ Los asesinos del emperador „

Sinopsis

los_asesinos_del_emperador_302x430Trajano, primer emperador hispano de la historia, es conocido sobre todo por conducir al imperio romano a su máxima extensión. Lo que no se suele conocer tanto es su heroicidad más valiosa: la capacidad de Trajano para sobrevivir al reinado de Tito Flavio Domiciano, un emperador débil y paranoico dispuesto siempre a condenar a muerte a cualquiera que destacara en el ejército o en la política.

www.losasesinosdelemperador.es

Circo Máximo

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La segunda parte de la trilogía de Trajano

Circo Máximo es la historia de Trajano y su gobierno, guerras y traiciones, lealtades insobornables e historias de amor imposibles. Hay una vestal, un juicio, inocentes acusados, un abogado especial, mensajes cifrados, códigos secretos, batallas campales, fortalezas inexpugnables, asedios sin fin, dos aurigas rivales, el Anfiteatro, los gladiadores y tres carreras de cuadrigas. Hay también un caballo especial, diferente a todos, leyes antiguas olvidadas, sacrificios humanos, amargura y terror, pero también destellos de nobleza y esperanza, como la llama de Vesta, que mientras arde, preserva a Roma. Sólo que hay noches en donde la llama del Templo de Vesta tiembla. La rueda de la Fortuna comienza entonces a girar. En esos momentos, todo puede pasar y hasta la vida del propio Trajano, aunque él no lo sepa, corre peligro. Y, esto es lo mejor de todo, ocurrió: hubo un complot para asesinar a Marco Ulpio Trajano.

www.circomaximo.es

“ La noche en que Frankenstein leyó el Quijote „

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Un recorrido por algunos de los enigmas más famosos y controvertidos de la historia de la Literatura Universal.

¿Sabías que el éxito de Harry Potter se debe a una niña de ocho años? ¿Que los seguidores de las aventuras de Sherlock Holmes obligaron a su autor a resucitar a su héroe? ¿Que la Gestapo intentó impedir a toda costa la publicación de las obras de Kafka?

A modo de relatos cortos pero cronológicamente estructurados, Santiago Posterguillo hace un recorrido por las obras más emblemáticas de la literatura universal, dando respuesta a algunos de los enigmas literarios más famosos y controvertidos de la historia.

Un apasionante libro para amantes de la literatura donde descubrirán algunos de los secretos mejor guardados y más codiciados sobre figuras literarias y novelas más significativas de la literatura universal de todos los tiempos.

http://www.novedadesplaneta.es/septiembre-octubre-2012/La-noche-en-que-Frankenstein-leyo-el-Quijote.html